El Templo del Grabado no es solo un taller, es un espacio de culto para los devotos de la estampa , una catedral laica donde el barniz, la emulsión y la gubia no son herramientas, sino reliquias de una liturgia creativa que se renueva en cada estampa.
Aquí las técnicas se enseñan como si fueran evangelios, la calcografía se predica con acido y barniz blando; la xilografía, con devoción a la veta, la serigrafía, con fe en el pulso. Y cada artista que cruza nuestras puertas es recibido como un iniciado, no con dogmas cerrados, sino con la libertad de crear su propio credo gráfico.
Arnoldo Sicles
Arnoldo es de esas personas que no llegó al grabado, el grabado lo eligió. Fue en los pasillos ácidos de la Universidad Central donde tocó por primera vez una plancha de metal y la transformó en imagen. Desde entonces, no ha dejado de escuchar lo que las matrices susurran.
Habita el taller como quien habita un templo. Enseña, imprime y guía con la calma de quien sabe que la tinta tiene sus propios tiempos. Su filosofía es clara: “En el grabado siempre hay un final feliz”, aunque el camino esté lleno de mordidas, papeles arruinados y soluciones inesperadas.
Evita las pantallas, abraza el tórculo y recibe a cada nuevo discípulo con café caliente y una sonrisa irónica. Arnoldo cree en el poder del grabado como rito de transformación, y por eso nunca escatima en papel, en silencio, ni en fe.
En caso de Apocalipsis Gráfico, se refugiaría bajo un árbol con una punta seca y un par de buenas historias.